Veo que hoy gran parte de la población acepta ser controlada y espiada. Lejos de protestar porque cada vez haya más cámaras vigilándonos y grabándonos, a los más eso les parece una delicia. Gente timorata, histérica, con el miedo que le inoculan los poderes públicos ya instalado en el cuerpo. Gente que, si pudiera, aboliría todo riesgo y por lo tanto todo azar. Que da por bueno que se sepa dónde está y lo que hace, con tal de que eso “disuada” a los peligrosos, a los que no los disuade casi nunca nada. A esta vigilancia obsesiva por parte del Estado, de los bancos y los comercios, se une ahora la de los particulares –unos padres, un marido, una esposa, un celoso–, que nos pueden localizar al instante mediante los teléfonos móviles o mediante chips o transmisores. Y eso se acepta.”