¿Cuántos libros necesita un estadista?
“No es por dar “una de cal y otra de arena”, pero el video de propaganda difundido por el PSOE, Con Z de Zapatero, despierta un ramillete de reflexiones paralelas a las que suscitaba su contrincante Rajoy.”
¿Cuántos libros necesita un estadista?
“No es por dar “una de cal y otra de arena”, pero el video de propaganda difundido por el PSOE, Con Z de Zapatero, despierta un ramillete de reflexiones paralelas a las que suscitaba su contrincante Rajoy.”
¿A qué juegan los científicos?
Fue Karl Popper el primero que señaló (que yo sepa) la importancia filosófica de comprender las reglas del método científico, no como si fueran “reglas lógicas”, sino más bien como las reglas de un juego (como el ajedrez, el fútbol, o el parchís), pero lo cierto es que han sido muy pocos los autores que se hayan preocupado de sacar las consecuencias que esta hipótesis puede tener, o al menos las interesantes preguntas que pueden formularse a partir de ella.
“Efectos colaterales del subidón religioso post 11-S y de la contagiosa fiebre Da Vinci, ateísmo, agnosticismo y laicidad están ahora tan de moda como los grasientos helados de Ben & Jerry o los potingues cafeteros del ubicuo Starbucks, una compañía que, vaya por Dios, tomó su nombre del primer oficial del Pequod, el buque ballenero con el que el gran ateo Ahab pretendió dar caza al dios cetáceo. El que rompió el fuego, hace ya un año, fue el biólogo Richard Dawkins con El espejismo de Dios, que aquí ha publicado Espasa sin pena ni gloria, y cuya versión inglesa en audiobook acaba de obtener el premio del año para “libros sonoros”. Pero ahora la palma se la lleva el bestsellérico God is not great, de Christopher Hitchens, que aparecerá en marzo en Debate con el título (cuestionable) de Dios no es bueno; el New York Times Book Review ha publicado anuncios de media página del libro recomendándolo ¡para las Navidades! como “el regalo perfecto para el creyente o el no creyente de su familia”.”
“Veo que hoy gran parte de la población acepta ser controlada y espiada. Lejos de protestar porque cada vez haya más cámaras vigilándonos y grabándonos, a los más eso les parece una delicia. Gente timorata, histérica, con el miedo que le inoculan los poderes públicos ya instalado en el cuerpo. Gente que, si pudiera, aboliría todo riesgo y por lo tanto todo azar. Que da por bueno que se sepa dónde está y lo que hace, con tal de que eso “disuada” a los peligrosos, a los que no los disuade casi nunca nada. A esta vigilancia obsesiva por parte del Estado, de los bancos y los comercios, se une ahora la de los particulares –unos padres, un marido, una esposa, un celoso–, que nos pueden localizar al instante mediante los teléfonos móviles o mediante chips o transmisores. Y eso se acepta.”