“Varios clásicos de la literatura británica fueron a parar hace unos meses a las manos de 18 de los agentes literarios más influyentes del Reino Unido. Eran capítulos de Orgullo y prejuicio, La abadía de Northanger y Persuasión, escritos por una de las grandes novelistas británicas de todos los tiempos, Jane Austen (Hampshire, 1775-1817). Estaban copiados párrafo por párrafo. Pero nadie lo notó.
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15 de los 18 agentes respondieron y la respuesta fue, cuando menos, esclarecedora: “Es un libro interesante y su lectura ha resultado genial, pero no estamos interesados”. Sólo uno descubrió el plagio, Alex Bowler, agente de Jonathan Cape, y recomendó a Lassman no inspirarse tanto en la autora de Sentido y sensibilidad, hasta el punto de asegurar que había reconocido pasajes gemelos en las dos obras.”
“Mis viajes por algunos de los principales destinos de vacaciones del mundo no me han convencido de que esta industria entienda de verdad cómo el turismo puede ser tan a menudo una fuerza negativa. Sigue aferrándose al conveniente mito de que el maravilloso barco del turismo trae la recompensa económica a todos aquellos que naveguen en él. Y sigue lanzando algunas otras afirmaciones extraordinarias, como que fomenta la paz mundial, el amor y la comprensión. Al contrario, lo que parece bastante obvio es que la recompensa se la reparte un pequeño grupo extremadamente selecto, a menudo en un país distinto al de destino, y que demasiados trabajadores del sector –en especial en los países en desarrollo – no son más que esclavos a sueldo luchando con uñas y dientes para salir de una penosa existencia. La suposición que suele hacer la industria de que la vida de esos empleados es automáticamente de mejor calidad ahora que tienen un puesto en el turismo parece estar muy lejos de la realidad, como pude atestiguar una y otra vez desde Tailandia hasta Cancún (México).”
Caza de Brujas: la censura en la literatura infantil
“Desde hace bastante tiempo, posiblemente a partir de la creación de las primeras iglesias evangélicas en norteamérica, muchos estadounidenses libran una peculiar cruzada contra la inmoralidad, el pecado, la corrupción de las costumbres, el ateísmo, el comunismo… Bien mirado, parece que quedan pocas cosas a las que no se opongan estos mesiánicos adoctrinadores amantes de las fiestas del tupperware y de la comida rápida.
La educación de los niños es para ellos un tema especialmente delicado, quizá porque creen que a tan temprana edad no es posible desarrollar ningún tipo de pensamiento elaborado, y que durante la infancia lo único que se hace es repetir como loros conductas que se observan en el entorno. Guiados por este tan alto concepto de la niñez, atacan con virulencia cualquier libro que se ponga por medio, cualquiera, repito, con las más variadas de las excusas: vocabulario obsceno (la palabra “culo”, por ejemplo), exceso de violencia (un niño le pega una bofetada a otro), inmoralidad (un personaje femenino con minifalda), vulgaridad (un pesonaje apático, o triste).”
