“Todo aficionado a esas artes ha experimentado, en su juventud al menos, la sensación de “apropiación” de lo que lee, ve o escucha. De que esas obras estaban hechas para uno y nada más que para uno. De que la voz del autor se dirigía sólo a nosotros (es decir, “a mí”), o las imágenes del director, o las notas del compositor, y de que éramos los únicos que las conocíamos, o, si no, quienes mejor, y quienes las entendíamos cabalmente. Como es natural, uno se va dando cuenta de que no es así, de que otros muchos lectores, espectadores u oyentes también están familiarizados con esas obras y acaso han sentido lo mismo, y entonces no se puede evitar ver a esos otros como a “usurpadores” o “copiones”.”