“Pero una trampa bien hecha es puro ingenio, un divertimento. Es épica, un reto, una gesta que se convierte en un fin en sí misma. El buen tramposo es aquél que se olvida incluso de ganar el juego, el que a veces hasta sacrifica su propia victoria por algo que sabe que va a trascender mucho más allá de esa partida concreta y de esa reunión de amigos. Una buena trampa debe ser bien acogida, celebrada, incluso: gracias a ella el juego nunca llega a ser algo rutinario porque nadie, ni siquiera el propio tramposo, sabe lo que va a pasar.”