“En primer lugar, no debería permitirse ninguna diversión pública donde el peligro para la integridad física y la vida de quienes lo protagonizan forma parte consustancial del espectáculo. En realidad, es el mismo argumento que en el caso del boxeo, y contra él tanto los aficionados a los toros como al pugilismo suelen alegar dos objeciones. La primera, que los toreros (o los boxeadores) se dedican a lo que se dedican porque quieren. Nadie les obliga a torear (o pelear). Es cierto, pero también es verdad que son muchas las razones que pueden obligar a hacer barbaridades: la miseria, la ambición, la fama o, sin ir más lejos, las ganas de follar. Pero esto, en realidad, da igual, porque no basta con el libre consentimiento de los protagonistas para que un espectáculo sea lícito. En caso contrario, podríamos justificar, por ejemplo, las luchas de gladiadores.”