Leo libros a mis hijos en voz alta. Muchos padres lo hacen: es una especie de rito vespertino. Pero lo curioso de mi caso es que es una práctica que sigo desde hace bastantes años…

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Poco a poco, casi sin darnos cuenta, ya teníamos libros con letras grandes, ya distinguían la o redonda de la i con un puntito, ya reconocían algunas palabras, ya leían dificultosamente, ya te corregían cuando te confundías en una palabra, ya leían de corrido, ya devoraban los libros… Llegados a este punto, era el momento de dejarlos solos. ¿O no?

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Y, de golpe, lo vi clarísimo. Había que seguir. No fue muy fácil al principio, claro: había varios retos. El primero, la competencia por el tiempo disponible. Luego, la elección de las obras. Empecé a tantear con los clásicos infantiles, o, mejor dicho, con los clásicos que una tradición extraña ha confinado a los niños. Eran con frecuencia los mismos ejemplares que leí en mi juventud, y por suerte, porque resulta asombrosamente difícil encontrar en librerías muchos de esos títulos. Se trataba de obras que ya habíamos dado a nuestros hijos para que leyeran autónomamente, pero muchas veces los habían abandonado sin acabarlos.”